Tostadas de tinga y de patas de cerdo para cenar..

Me enoja y ni vela tengo en el entierro:

Fui a cenar, pero una familia de obesos había llegado antes que yo y cenaban sabroso sus tostadas fritas de tinga y de patas de cerdo.

– Buenas noches doña, ¿tiene tlayudas?
– Sí, pero me voy a tardar tantito.
– No importa, me espero.

He aquí la escena:

El hijo obeso mordía casi al mismo tiempo sus dos tostadas, “sin agua, para que te alcance más” y compartido ese chiste todos reían al unísono como cacaraqueando.

La hija no despegaba su vista del celular mientras cenaba sus tostadas. No decía nada durante la cena, sólo al momento de las risas familiares también cacaraqueaba.

La madre obesa le ayudó a la doña a freír más tostadas, porque no se daba a basto.

El padre obeso no dejaba a su hijo hablar cuando soltaba sus tostadas para respirar y hacer comentarios. “Apúrate a comer y deja de hablar” le gritaba en broma y todos cacaraqueaban por la cara que ponía el hijo.

Había un sobrino (o eso me pareció a mí), que no estaba obeso, ni tampoco tan delgado, del que se burlaban porque se equivocaba en una frase o confundía a los vecinos que están a punto de ser padres y que fueron su otra comidilla durante su cena. “Nunca sabes nada tú sonso” y se oía el cacaraqueo.

La señora obesa dejó de freír tostadas porque a qué horas iba ella a cenar, las suyas iban a ser sin guacamole porque luego le hacen daño. El hijo obeso quería más frijol y más guacamole en sus próximas tostadas, porque las que se acabó no le supieron a nada. La hija obesa seguía sin decir nada por atender su celular. El sobrino pidió una tlayuda de tinga. “Ándale, y yo te ayudo con la mitad” dijo la madre obesa. “Sí” dijo el sobrino porque no le quedaba de otra.

Afortunadamente el padre obeso vio la necesidad de los demás clientes y le dijo a la doña, Ya sólo prepárenos otras dos tostadas, aparte de las que ya tiene en los platos, para que pueda atender a sus otros clientes y siguieron comiendo a los vecinos que pronto van a ser papás.

La doña respirando me preparó mi tlayuda, mientras la familia seguía en lo suyo:

– ¿Pero ya viste que feo se le fue la barriga para un lado?
– ¡Con que no se le salga antes!
– ¡No vaya a salir como éste, que fue sietemesino!

Risas con cacaraqueo.

– No fui sietemesino, ¿verdad ma?
– ¡Apúrate a comer y deja de estar hablando!
– Dicen que es más peligroso que salga a los ocho meses.
– ¿Más peligroso que a los siete?
– Sí, quién sabe por qué. ¿Usted no sabe doña?
– No, fíjese.
– Pues quién sabe, pero es más peligroso que nazca a los ocho meses.
– Pues que cuide su barriga y vaya a ver al doctor porque se ve como si un costal se le fuera cayendo.

Cacaraqueo.

Cuando todos terminaron de cenar, la hija respetuosamente dijo Buen provecho y gracias a Dios.

El sobrino quién sabe si se quedó con hambre, ya no supe, porque me fui de ahí. Ellos se quedaron haciendo la sobremesa, porque el vecino se quedó sin trabajo mero cuando a su mujer se le va el costal para un lado.

Me fui escuchando su cacaraqueo.