Todo, menos puta

Pueden decirme lo que quieran, menos puta. Haya pasado lo que haya pasado sé cuánto amo a mi novio. No tienen idea. Es un hombre en toda la extensión de la palabra. Cuando nos abrazamos desnudos me gusta tocar la cicatriz de su espalda; cuando le paso mis labios se convierte y empieza a morderme, me dice que soy su fruta, le pregunto qué fruta y me dice que soy su guayaba, su pera, su melón. Le digo que siga, que me muerda, que me diga otra fruta, que me desgaje, que me parta; entonces me dice naranja mientras sus manos me exprimen, luego en el oído me dice jícama y yo me vuelvo loca; empiezo a gemir pidiéndole que siga, que me muerda toda, que sí soy su manzana, su fresa, su ciruela, que me chupe como si  chupara nísperos, y que me saboree como saborea las ciruelas pasas. Entonces me agarra con más ganas y así nos comemos un buen rato, descubriendo nuestros sabores; hasta que termino sacudida, cercana al delirio de saberme comida por él, el hombre que me llama frutas. Por eso no acepto que me digan que soy puta. A mi amigo lo quiero como se quiere a un primo, pero nada más. Y si pasó lo que pasó fue pura calentura. Además está casado, y creemos que su esposa ya le tiene la sorpresa del primer Alejandrito, como dicen que le van a poner si tienen la suerte que les salga con tilín. Por eso es mejor que ya no nos veamos, por el bien de los dos, o de los cuatro, o de los cinco. A veces me quedaba a dormir en su casa pero sólo para hablar, para contarnos nuestras cosas, sin tapujos, porque somos esa clase de amigos, de los que se saben de verdad y no les da miedo quitarse las máscaras. Los abrazos y besos llegaron cuando una noche a punto de dormir, ni él ni yo teníamos fuerzas para evitarlos. Habíamos llorado juntos y quién sabe qué pasó en ese momento, que nuestras manos se encontraron y se entendieron, nos acercamos para reconocer nuestros  ojos y entonces nos besamos. Sabíamos claramente que somos amigos, que existe una  línea que nunca cruzaremos, que si alguna vez llegaba este momento uno de los dos debía ser el prudente, ser fuertes, sensatos. Pero el jueves que se fue su esposa a la Costa, después del café, después de contarnos los pendientes, siendo ya tarde para regresar a mi casa, nos acostamos. Los dos aún teníamos fuerzas; sabíamos que algo estaba por llegar. Empezó como un juego, luego preguntas directas. Cuando nos dimos cuenta ya nos habíamos dejado manosear, como cuando éramos chamacos. Entonces pensé en Fernando, mi novio, el hombre que amo; no podía hacerle eso. Quiero mucho a mi amigo, era una locura lo que estábamos pasando, él tiene una vida y yo otra. Besé por última vez a Alejandro, lo despedí de mis labios y de mi cuerpo, eso era inconsebible, somos amigos y así pretendía que siguiéramos. Sin decirle nada traté de levantarme de la cama mientras él me abrazaba. No era  necesario decir algo al respecto, sabíamos que era el final; caminando me puse de pie, cerca de las cortinas blancas de su recámara, decidí mirar de frente a la noche. Alejandro se acercó y respiró en mi oído. Nuestros cuerpos se encontraron cerca por única y última vez. Me dijo algo al oído, pero no lo escuché; acercó sus labios a mi cuello y en su gemir no escuché que me dijera zarzamora, mandarina o racimo de uvas. Esa fue la última noche que nos vimos; los dos sabemos que es mejor así, llegamos a nuestro límite. Entonces las conversaciones dejaron de ser personales,  las llamadas cesaron y las pláticas virtuales se empezaron a esconder en bromas sin sentido, hasta ser casi nulas. Quisiera de regreso a mi amigo, ponernos al corriente viendo pasar las noches, contándonos nuestras verdades, hablándonos y entendiéndonos de veras, sin llegar a más, como los amigos que éramos. Pero ya es muy tarde. Perdí a mi mejor amigo, nos perdimos ambos esa noche. Ya casi cumplimos un años sin hablarnos, sin mirarnos a la cara, sin confiarnos el uno al otro. A veces, en noches como ésta, me acuerdo que una vez tuve a ese amigo, dejo que llegue ese recuerdo y luego dejo que se vaya. Fernando nunca se enteró de aquello, es mejor así, para qué abrir heridas con piedras lanzadas hace tiempo. Aquello me sirvió para ver en mi espejo el amor que siento por Fernando, el hombre que amo. Hoy es su  cumpleaños y le tengo preparada una  sorpresa, de esas que lo hacen llamarme con nombre de frutas, porque quiero que me muerda, toda, completa; quiero saberle a todas las frutas conocidas y desconocidas, que me chupe como al mango, que me desgrane como si fuera una granada, que con sus manos me exprima como sólo él sabe exprimir una sandía, quiero que me agarre como a un durazno, que me diga lima, luego mandarina, quiero que me diga de todo, menos puta…

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mujer