Sobre la vida, los ratones, el trabajo y las gelatinas de limón

Desperté con una noticia triste de una institución que he preferido dejar en el olvido, llamémosle Institución Q. Después de buscarle, por meses, tres pies al gato, llega la gota que derrama el vaso. Tomo una decisión que me mueve el piso. Llego al trabajo, me reúno con mi jefe y renuncio. En mi cabeza subía y bajaba la marea mientras erupcionaba un volcán en cada una de mis arterias. Sueño despierto. Fui a una comida de despedida con mis compañeros donde al final presentan una bandeja con diversos postres (una delicia para los que somos amantes de los postres). Odio la gelatina de limón, pero esa fue la única opción de postres que se me antojó y esa pedí (no reaccioné de ese hecho hasta hacer un recuento del día). Entrando la noche vuelvo a hablar, ahora con mis dos jefes. Después de maromas con tremendos grados de dificultad, con doble giro en posición c, llegamos a un acuerdo. No me voy de la empresa. Vuelvo a la caja. De camino a la cena, en la última esquina, reconozco al director general de la Institución Q, del cual hacía mucho tiempo no sabía ni sus luces, pero que en la mañana había leído una triste noticia suya en internet (y al cual prefiero no volver a reconocer). Cenando con un amigo en un lugar “de altura” y sentados en una pequeña mesa, un ratón sale sin pena ni gloria a saludarnos. Mientras pienso en la extraña jugada que me hizo la vida, el ratón encuentra un pedazo de queso fundido tirado en el piso y con toda la calma que sólo puede tener un ratón en un lugar “de altura”, veo cómo lo toma en sus manos, lo observa, lo degusta y deja que su cuerpo lo saboree mientras limpia sus manos buscando algo nuevo que llevarse a la boca, que pase por su esófago, llegue a su estómago y logre procesarlo con toda la calma del mundo su intestino grueso…

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