Sigue la mata dando..

Ya no les iba a contar, pero mientras espero a mi hermano, sigue la mata dando.

Aclaro: esta vez sí sabía a qué pozo me estaba metiendo, pero no que estaba tan profundo.

Me dijo mi hermano que si arrancaba el coche, así como está, en un momento la batería dejaría de funcionar. Me animó y me dijo que le llamara, donde quiera que me quedara para que fuera por mi (don Nelson quería ir a Telcel y si la vida me lo permitía, llevar el coche hasta Nazareno, para dejarlo en el taller). Pues ni Chana, ni Juana.

En la primer vuelta bajando del fortín, se apagó. Logró avanzar por inercia y antes de llegar a otra curva me quedé con el Jesús en la boca del estómago y de ahí se pasó a todo mi ser. Los carros que bajaban me pitaban porque venían con velocidad. Mientras buscaba mi fe en el mero sol de las 2 de la tarde, reaccionaba que me encontraba en sendas de muerte.

Estoy de bajada, me dije, empújalo un poco y vas a bajar por gravedad, me seguía diciendo. La aceleración es de 9.81m/s2 me recordaba, además es constante, eso va a cambiar tu velocidad a buen trote, acuérdate. Pues ahí ven a Don Fuerzas (ya ven que no tomo proteínas en bote, ni voy tantito al zumba que está a dos cuadras de mi casa) empujando el coche en el pleno fortín de la ciudad de Oaxaca de Juárez.

Nada. No es tan de bajada ese espacio donde estaba. Para alcanzar una velocidad considerable necesitaba ayuda, y ¿qué alma va a pasar por ahí para ayudarme?

Aunque no me crean, un ángel de unos veintitantos iba subiendo el fortín a pie y a leguas se veía que entre los dos no hacíamos mucho en eso de los músculos, pero ante una necesidad, cualquier santo es milagroso. Le pedí que me ayudara a empujar el coche y ahí nos ven como en película de terror cómica haciendo todos los esfuerzos de nuestros huesos para empujarlo tantito.

Como ya venía la otra curva y ahí sí ni queriendo podía detenerme, me subí al coche mientras por el espejo retrovisor vi al ángel despedirse de mí con un adiós lleno de piedad y de misericordia, mientras yo le decía quedito a mi coche sí puedes, vamos, sí puedes, acelérele chofer, que lo viene persiguiendo la mamá de su mujer.

Pues sí pudimos. Agarró vuelo y ¡sorpresa! ¡Los frenos no funcionan! (Me dice mi hermano ahora que como se descargó la batería, es lógico que los frenos dejen de funcionar).

Si les cuento mis penas es para exorcizarlas y que nunca regresen.

Pérate, pérate, le decía a mi coche, mientras presionaba con todos mis callos el freno en mi pie derecho y jalaba mi mano el freno de mano. Me orillé donde pude, porque me dio miedo la velocidad que iba adquiriendo el coche (recuerden que la aceleración es constante). ¿Y qué voy a hacer aquí? me dije. Si viene mi hermano, ni me va a encontrar de ida ni de bajada, o no se va a poder orillar. Ya estás cerca del semáforo. Si tienes suerte y te toca en verde alcanzas la gasolinera y ahí está perfecto para que te quedes.

¿Me quedo o me lanzo al mar furioso?
¿Me quedo o me lanzo?

Pues que me lanzo.

Todavía me duelen los brazos y la bilis.

Justo cuando voy llegando al semáforo comienza la prevención del verde. una camioneta que iba delante de mi parece que se pasa, tenemos tiempo, en lo que se ve el amarillo y me dejo llevar por la aceleración. Pues la muchacha que iba manejando la camioneta cree firmemente que el verde en intermitentes no se debe pasar y frenó bruscamente adelante de mi.

La gente que estaba ahí y los conductores que estaban en los otros lados oyeron cómo las llantas traseras de mi coche chillaron lo que yo no he podido chillar. Con el freno de mano llegué a un lado de la camioneta (afortunadamente no había otro carro en el carril izquierdo).

El coche dejó de moverse y mi ser también.

No quería ni ver a la chava, así que respiré y pensé qué iba a hacer. Los carros empezaban a llegar atrás de mi. Ya no había aceleración por gravedad y mi vergüenza no me dejaba pensar en nada. Cuando el verde regresó, ya estaba abajo, con la puerta abierta y con las fuerzas que me quedaron del susto, lo empujé unos pasos.

Aquí estoy. Esperando.

Llegó mi hermano y en un tronar de dedos me dijo llévatelo, aquí voy atrás de ti. Ya llegamos a casa y mi abuela, mi madre y mis hermanas me dicen que qué bárbaro soy, que me dijeron que no lo sacara de mi casa, que si de plano no entiendo, que están orando por mí, que me chupe un limón, que seguro ya lo publiqué en facebook y que no sé qué y que no sé cuanto.

Sólo les digo que me duelen hasta los huesos que ni sé como se llaman. Esos que están bien escondidos.

Me recibieron con una empanada de verde y si quiero otra de amarillo, para que empiece a agarrar masa, a falta de fuerza.

Respiro profundo y he decidido decirle a todo lo que me esta pasando: se equivocaron de guajolote, mientras tenga vida, tengo esperanza. Nada de todas esas cosas me van a detener en mis propósitos y planes. Pero mientras,
¿alguien sabe cómo se cura el dolor de huesos?