Nunca dejes que un asesino te toque en la cama

Cada vez que escucho a Amy Winehouse recuerdo a mi asesino.

Para conocer su historia tuve que pagar su cuota. Llegó de Mérida a los doce años. En la central camionera logró colarse entre los canastos de una mujer. Escondido en un autobús se fue al distrito. Llegó a buscar comida entre los botes de basura, esa parte de su vida no la cuenta, a menos que se pague con otro tipo de cuota. Desde niño aprendió a sobrevivir a costa de lo que fuera.

Como guapo adolescente las mujeres más grandes lo buscaban para satisfacer sus vacíos maternales, sentimentales, amorosos y sexuales. Con ellas aprendió a ganarse la vida. “Una mujer siempre necesita algo, cualquier cosa, si aprendes a detectar su necesidad, ya la hiciste”. Me explicó una que otra forma de acercarse a su presa. Decidimos seguir la plática en otro lugar, más ambientado, un bar donde él podía tomar cerveza y yo mezcal. Pero antes su primo le pagaría quinientos pesos frente a la catedral, por eso fue, pero nunca llegó. “Te empeño mi celular, préstame los quinientos”. Esa fue la cuota que pagué.

Después de platicar con él dos horas lo llevé a mi casa, el lugar perfecto para que me asesinara.

“¿Puedo?” Y sacó el polvo blanco que compró con el dinero que le di por el celular (que no le pedí y que no me entregó). “Solo con un vistazo a tu casa puedo decirte como eres”. Acertó en algunas cosas. Nos sentamos alrededor de la pequeña mesa redonda frente a frente. Tras dos cervezas me contó, ya estando en confianza, dos cosas. Primero que su abuelo lo golpeaba de niño enfrente de su madre sumisa y de su padre borracho. Al abuelo nadie le decía nada, podía hacer lo que le viniera en gana, con tal de que repartiera efectivo cada mes a sus tres hijos. Tenía huellas en su cuerpo. Por eso huyó. Nunca perdonó a sus padres. La segunda cosa que me quiso contar fue que en el distrito aprendió a vivir de las mujeres, les daba lo que querían: a unas tiempo, a otras solo las escuchaba, a otras las acompañaba a algún evento, pero eso sí, siempre terminaban gozando en la cama. Todo se lo enseñó la esposa de un doctor, que también le dio las llaves de su casa y de su coche. Ella fue su primer víctima.

“Si logras estimular bien el clítoris ya la hiciste”. Y con sus manos simuló la penetración. “Si el pene entra recto no logras estimular totalmente el clítoris, pero si entras un poco curvado y te sabes mover haces que las mujeres se pierdan”. Sin querer hacer más alarde me pidió que me tomara, aunque sea, una cerveza con él. “¿Conoces a Amy Winehouse?” me habló de su muerte por el síndrome de abstinencia o sobredosis, le dije que sus canciones no las conocía del todo, pero las escuché alguna vez (llamaron mi atención cuando buscaba en internet famosos+jóvenes+muerte), su característico peinado llamó mi atención.

“No sé que tienes, que me caíste muy bien, a mi me gusta estar solo, no tengo amigos ni amigas, no me interesan, pero tu eres diferente, te voy a dedicar una canción. Quiero que la escuches bien”. Y puso You know I’m no good.

…you know that I’m no good…

“Quiero acostarme contigo, ¿Tú quieres?”. Ya en la cama me abrazó y comenzó a besarme. Luego me acarició como solo un asesino acaricia a su víctima, sus dedos endurecieron mis pezones, y cedieron calor a mi abdomen, me recorrió con su experiencia, chupó un pezón y luego otro dejándolos con leves mordidas que me hicieron vibrar, mientras su lengua me perdía, sus manos exploraron mis espacios. Sus manos saben hacer su trabajo, de eso vive. Me mordió un oído y me dijo quedamente “Quiero sentirme en ti”, y agregó “claro, si tu quieres”.

Nunca dejes que tu asesino te toque en la cama. No cedas ante sus caricias. No permitas que te abrace. Nunca lo lleves a tu casa.

Antes de que un asesino mate a su víctima debe preparar el terreno, elegir el arma, el anzuelo, y el lugar. La víctima da lo mismo, pero si tiene una historia interesante la muerte se hace especial. No es una regla tener todo preparado, a veces la vida te pone en el lugar equivocado. Nuestro encuentro fue en el zócalo. Yo estaba leyendo “Fruta Verde” de Enrique Serna, él hablaba por teléfono sobre la vida, “nadie sabe para quién se prepara, estudias una carrera, aprendes inglés, te capacitas y haces todo para que otros se aprovechen de ti en sus empresas”. Cerré mi libro y ahí me perdí.

Cuando se quedó dormido traté de levantarme, pero su brazo al rededor de mi cuello no me lo permitió. Dos, tres veces y se despertó. Le dije que me iba a bañar, “¿Por qué?, ¿Ya nos vamos?” Le dije que tenía calor. Me soltó. Antes de volver a dormirse tenía que decirme algo muy importante: “Nunca lo vuelvas a hacer. Lo que hiciste hoy. Nunca lo vuelvas a hacer, traer a un desconocido a tu casa, nunca lo vuelvas a hacer”. Y se volvió a dormir. Mientras me bañaba imaginaba su vida, sus historias, sus amores. Se casó cuatro veces. La primera vez le pusieron el cuerno, la segunda lo dejaron, la tercera su esposa murió, esta vez prefiere salirse de casa, dejar a sus hijos y olvidarse de todo por un momento. Me sequé bien. Abrí su mochila y encontré un picahielo recién afilado.

Cuando matas a alguien el primer golpe es el más importante. Debe ser fuerte y preciso. Es difícil si antes no has practicado. La piel humana es más dura de lo que aparenta. Y la mano deja de ser efectiva con un pequeño temblor. Si vas a asesinar a alguien, no debes pensarlo, te dejas llevar por el arma elegida. Y después del primer golpe debe llegar otro y otro.

Esa es la fortuna de tener tu propia casa, no tienes testigos de nada. Como pude lo despedacé y lo metí a las bolsas. Para no mancharme de más usé toallas viejas, desgastadas. Llené siete bolsas para que pudiera sacarlas sin levantar sospechas, una cada día, por una semana. Cuando matas a alguien debes bañarte por segunda vez. Al inicio y al final. Te perfumas. Te peinas. Y duermes tres o cuatro horas. Matar a un asesino siempre cansa…

asesinoserial