Por qué no lloré por Chespirito

El Doctor Chapatín, Chaparrón bonaparte, el Chómpiras, el Chavo del ocho, el Chapulín colorado y el Chanfle fueron personajes que conocí de niño; pero fueron muchas otras cosas las que determinaron el rumbo de mi niñez, adolescencia y juventud. Mi tío Héctor llegaba a darnos clases de música a todos los primos, unos recibían diecesitos (me jacto de encontrarme entre esos) pero otros recibían un “mijito o mijita, mejor dedícate a otra cosa”. Tuve la dicha de disfrutar los cuentos que la maestra Elvira nos contaba en clase todos los viernes. Con el maestro “Donas” (Donato) aprendimos volibol con un balón de basquet. Me mordió un perro regresando de la primaria y me vacunaron contra la rabia (eso sí creo que me haya dejado secuelas). En casa teníamos un horno de adobe donde se cocieron los más variados colores y sabores, formas y olores relacionados con la panificación. Cuando llovía hacíamos barcos de papel, los dejábamos irse con el agua y a veces los seguíamos una o dos calles. Los domingos íbamos a la iglesia, sin falta, para aprender historias que hasta el día de hoy me sorprenden. En vacaciones nos inscribíamos a la escuelita bíblica de vacaciones donde hacíamos muchas actividades fuera y dentro de aquél pequeño templo, recuerdo a la Hna. Yolanda, creo que esas vivencias marcaron mucho mi niñez, porque ir a su clase era siempre una maravilla de descubrimientos y aprendizajes. Recuerdo también el día que mi madre me pegó con la chancla voladora porque fuimos a jugar con Tita “¿Quién es Tita?” ¡Tita! (lloriqueos), “¿Pero quién es Tita?” (entre lloriqueos) ¡Tía Petrita! (todavía hoy mis hermanos me recuerdan ese día riéndose de mí). Visitar el río es otro de los recuerdos que guardo en mi memoria. Los animales que cuidaba. Jugar entre todos la lotería cuando llegaba mi tío a casa. Participar en obras navideñas como mago o esfera. Visitar el mar en Salina Cruz y en una vuelta casi caerme con mi hermana. Regalé cajas de lápices a mis compañeros (mi papá vendía papelería) y mi madre fue llamada para aclarar ese asunto. Veía caricaturas, películas, series… mejor hasta aquí le paro, porque no acabo.

Cada quien cuenta si vomitó, se orinó, bailó, se asustó, o se alocó en la feria; cada versión es tan válida y digna de contarse como la de todos los demás. ¡Qué bueno que no todos vomitaron en la feria!, ¡que bueno que no todos bailan al son que les toquen!, ¡que bueno que no a todos les tocó bailar con la más fea! Pero creo que no hay una regla general, sea lo que sea lo que hayamos vivido en la feria, es decir, no porque alguien vomitó o se meo del susto (o del gusto), nos tiene que suceder lo mismo a todos. Creer que lo que a mí me pasó le va a pasar a todos me resulta difícil de creer. Por ello también comento dos recuerdos que tengo de Chespirito: El primero es el día que vino a Oaxaca. Mi madre nos llevó, a mi hermana y a mí, al estadio Guelaguetza, todavía hoy no sé cómo se animó a llevarnos si no le gustaba que viéramos al chavo del ocho (¿o era mi papá el que no quería?). Caminamos y caminamos hasta llegar a no sé qué palco y desde ahí vimos a toda la vecindad, lo recuerdo vagamente. El segundo recuerdo es más adelante, cuando empecé a ver a los personajes a detalle: quería descubrir una falla en el Chapulín Colorado que me mostrara que esa persona era también el Chómpiras. Quería ver un descuido del Doctor Chapatín donde quedara delatado el Chanfle o si la chiripiorca del Chaparrón Bonaparte se confundía con la garrotera del Chavo del Ocho. Lo mismo hacía con la popis y doña florinda, no podía creer que eran la misma persona y a la vez fueran tan distintas. Me gustaban mucho los capítulos donde aparecía Ñoño y el Sr. Barriga juntos o la Chilindrina y su Biscabuela. Ahora que murió Chespirito se le culpa de cosas negativas en diferentes medios, ya lo dice el viejo y conocido refrán: Del árbol caído te diré quien eres… no, es Dime con quién andas y vas a hacer leña… Cuando un árbol se cae, si andas cerca, puedes hacer leña, pero si andas con, bueno, la idea es esa.

No sé que van a decir cuando se muera la chilindrina, el profesor Jirafáles o Kiko. No sé cómo va a contar cada uno sus vivencias en la feria, todas muy válidas, pero por mi parte lamento decirle a Chespirito que no lloré su muerte, ni le puse veladoras, ni elevé una oración porque descanse en paz, como no lo he hecho con otros conocidos. Lamento más decirle a estas alturas, que de todos sus personajes los que me gustaban más no eran aquellos donde él actuaba. Me confieso: la primera era Doña Clotilde cuando le decía a Don Ramón “roro” mientras movía sus ojos pispiretos, su cuerpo temblaba de emoción y su boca expresaba una sonrisa que ella creía pícara y dejaba a Don Ramón con un trago de saliva. La segunda es escuchar sin pena ni gloria cantar a la Chimoltrufia, y ver como dejaba de limpiar su mesa para abrir los brazos a todo lo que daban para disfrutar los máximos tonos que su graznante voz alcanzaba…

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