Mi tía, La Bruja

A Marco GQ

Por inspirarme

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La casa de mi tía, la bruja, estaba rodeada de leyendas. Hablaba con su guajolote como si fuera su quién sabe qué, “Alza bien las patas, Prudencio, no te vayas a ir de hocico y ni hocico tienes”, “Por andar alborotando las gallinas mira cómo quedaron las pobres, todas frangolladas”, “Te estás buscando un mal aire con esos arrebatos que tienes”, “Ya estáte, que ya estuvo bueno de tanto remolino”, “Vámonos a dormir, porque mañana quién sabe qué cosa va a llegar al pueblo, mira las nubes, cuando se forman así es por algo”, “Deja de gorgotear como loco y ponte a hacer algo de provecho”. Así salía de su casa por las tortillas o por el pan, con Prudencio acompañándola para todos lados, “¡Ándale! ¡Apúrate! Ya te quiero ver al rato cuando tengas hambre, muele y muele, porque eres un molón de primera”.

 

Atrás de su casa mi tía tenía un baldío que por más que le quisieron sembrar de todo no dio nada. Mi tía decía que era por la charanda, esa tierra roja y arcillosa que la atascaba por todos lados. En ese baldío jugábamos mi primo Mario y yo, construyendo chozas de lodo sin hacer mucho ruido, porque nada más Prudencio asomaba su pescuezo, pies para qué los quiero; mi primo salía gritando “Mamita perdóname, perdóname mamita” y la tía salía a regañarnos en medio del escándalo “Agua hirviendo les voy a echar si siguen molestando a Prudencio, tan juicioso que está aquí y ustedes nomás vienen a alborotarlo”. No sé cómo, pero siempre lograba convencer a Mario de regresar conmigo al baldío.

 

Aprovechábamos que la tía Clara salía al mercado o a visitar a la abuela. Sacábamos agua de su pileta y hacíamos lodo rojo para fabricar tabiques y ladrillos, de distintos tamaños, que usábamos para construir casas con estacionamiento de un lado y unas cuevas con puentes del otro, donde había muchas piedras. Imaginábamos familias que visitaban esas cuevas, acompañados de algunos exploradores que llevaban siempre sus instrumentos y un cuaderno con muchos dibujos de plantas y animales. Un sábado en la mañana, cerramos con ramas secas las entradas de las cuevas, porque habría una exploración especial: se buscaba el tesoro que escondieron piratas al verse perdidos en la isla. Después de escarbar durante días y días, los exploradores quedaron encerrados en las cuevas, porque comenzó a derrumbarse la entrada, todos corrieron para pedir ayuda, llegaron bomberos, la policía y seis volteos para quitar los escombros y rescatar a los exploradores… En ese momento Mario escarbó con su mano y encontró una botella de vidrio con una foto dentro, era Braulio, el muchacho de la tienda, la foto estaba un poco quemada. Mario se asustó pero siguió escarbando y encontró más botellas, como seis o siete, todas con un objeto diferente adentro, Mario se persignó para irse corriendo, pero ante mi insistencia escarbó en otro lado. Encontró algo, como un muñeco, no quería sacarlo. Se armó de valor y sacó lo que parecía un sapo muerto. Cuando reconoció al animal, apareció Prudencio en medio de nosotros todo alborotado y revoloteando en el lodo. Mario dio un suspiro y se desmayó sin soltar al sapo. Prudencio nos aventaba lodo y tierra con sus patas, como si nos corriera del lugar. Como pude arrastré a Mario que seguía sin soltar al sapo; por el susto lo había apretado en su mano con más fuerza. Le eché agua con un vaso; se despertó pidiéndole perdón a sus hermanos y jurándole a su madre que se portaría bien todos los días de su vida, te lo juro mamita querida, decía, te juro que me voy a portar bien.

 

A mi tía Clara le gustaba que le leyeran las cartas, las dos manos, el café, la tortilla quemada y, ya entrada en confianza, sus cicatrices. Iba los martes con su amiga “La Kalimana” aunque tuviera que dejar a Prudencio amarrado a la puerta de su casa. La primera vez que lo llevó fue para el mal de todos. El gato de “La Kalimana” no lo dejaba pasar, Prudencio se entercó y se armaron los trancazos. Uno alborotado y otro saltando como loco, destrozaron el pequeño jardín que tenía “La Kalimana”. “A buena hora fui a llevarte con La Kalimana. De haberlo sabido te encierro en el gallinero, aunque te la pasaras espantando a las gallinas, aunque me las dejes todas asustadas. Mira nada más cómo quedaste, a ver si no te da vergüenza. Voy a tener que llevarle algo a La Kalimana para que no se enoje conmigo, ya no me va a querer leer mi tortilla quemada, y todo por tus gracias, ya has de estar contento. Sí, a ti te estoy hablando no te hagas el sordo”.

 

Cuentan que no podía dormir tranquila mi tía con tanto apuro que le llegaba a su mente, que varias veces vio a una sombra parada en la pileta pero no salía por el frío; mandaba a Prudencio, “Anda a ver quién es y qué cosa quiere, dile que por qué viene a estas horas, dile que regrese mañana, a buena hora, dile que ¿qué es eso de despertar a la gente a estas alturas del sueño?”. Pero la sombra la llamaba diciendo que fuera al panteón, “¿Cosa voy a hacer en el panteón a esta hora? Si quieres ve tú, Prudencio, una mujer que sale a estas horas de su casa ya no es señorita, y tú sabes que mi trabajo me ha costado mantenerme. Anda Prudencio dile que venga temprano, que ahorita no esté molestando”. Al otro día, la fueron a visitar mis tías, entre plática y plática un fuerte viento abrió las puertas y ventanas de par en par, y mi tía Clara salió disparada con tal fuerza que ni entre las tres tías la pudieron detener. Quedó toda revolcada gritando que ya estaba bueno, que ella no se metía con nadie, que Prudencio estaba de testigo. Toda revolcada se levantó como pudo, se echó un vaso de agua en la boca sin tragarlo, fue al gallinero, levantó a sus gallinas y escupió en los huevos.

 

Se casó y se separó una vez. Con eso tuvo. Se enamoró tanto de ese tarugo, como le decía, que hasta de Prudencio se olvidó. “Pero ya no va a volver a pasar, Prudencio, te lo juro, por ésta. Tenías razón en no quererlo. Mira nomás como nos dejó, que bruta fui, de veras. Ese canijo Prudencio, ese canijo nomás vino a desgraciarme la quietud que tenía aquí adentro de mis intestinos. Pero no va a volver a pasar Prudencio, te lo juro”.

 

Dejó de salir a la calle. Ya ni al patio se asomaba. Así se fue secando sola la tía Clara, con Prudencio siguiéndole los pasos. Dicen que los dos se fueron quedando en puros huesos. Nadie llegaba a jugar en el baldío. Mis tías ya no la visitaban. La casa se enyerbó, y nosotros ya no supimos nada de ellos.

 

tia