La primera en irse del pueblo

Se armó de valor y se fue de la casa, bien casada, como debía de ser en esos tiempos y como según debe ser todavía en estos. Fue la primera en irse del pueblo con todo y sus recuerdos, con sus amistades y su familia de un brazo, mientras que del otro se agarraba del hombre que nos la arrancaba. A nadie se debe esos trotes más que a quien hace maromas de esas averías: el amor de tu vida. Uno de los amores de la vida. Porque luego vinieron los hijos y éstos bien alborotados le llevaron nietos. Sólo una mujer sabe repartir sus abrazos como si repartiera comida: que alcance para todos.

Vayan ustedes a saber las glorias y las penas que empezó a bordar ya toda acalorada, con el clima que sólo soportan los que de nada se preocupan. Sin saberlo, irse hasta Chiapas cambió la historia de la familia, porque luego vinieron otros trotes. Fue la primera en darnos chulos e incansables sobrinos. Fue la primera en descubrir que mis padres serían los mejores abuelos y la primera en enseñarle a la abuela los ojos de sus bisnietos. Esto no se acaba hasta que se acaba, porque sigue la mata dando. Llegaron los tataranietos como llega el aguacero.

Tan lejos de su tierra aprendió sola a medirle el agua a los tamales, sólo ella sabe, como cada mujer sabe, lo que hayan llorado sus ojos, lo que hayan descubierto sus manos y lo que haya alborotado sus venas. A estas alturas tiene para disfrutarse y entretenerse con su marido; abrazar y escuchar a sus hijos y consentir y pedir por sus nietos. Llegará el día que regrese al pueblo con todo su trajitil, para tomarnos la foto del recuerdo de habernos visto en cinco generaciones. Colocarla en el álbum de fotos, recordar las anécdotas que deben recordarse y seguir guardando las que ya no tiene caso repetir. Desde aquí le pido a mis sobrinos que la abracen mucho, para recompensarle los que no podemos darle, que hagan la cuenta y entre todos se repartan.