Siempre fui enamoradizo

La maestra Nadia me lo dijo varias veces. Frente a todo el grupo halagaba mi “romanticismo prematuro” (un día regalé un lápiz sin goma para inventar palabras), (otro día regalé una hoja con los diptongos y triptongos que encontré); (o cuando mi planta se secó y dije que era porque estaba avergonzada, pues recibía más atención que Liz, mi compañera que tenía problemas para controlar su esfínter).

Haciendo cuentas me enamoré dos veces en primaria, tres en secundaria y ya de ahí perdí la cuenta.

En primaria lo único que revoloteava en mi panza eran dos bolillos, dos teleras, dos conchas, o dos donas que siempre calmaban mi incontrolable apetito (el mejor pan de Nazareno lo hacían en mi casa).

En secundaria dejé los panes para que tuvieran espacio suficiente las luciérnagas, grillos, y una que otra lechuza que se quedaban encerradas entre mis costillas; Nunca supe de lepidópteros (al menos no hasta ahora, supongo que se quedaron en etapa de pupas). Una noche me asusté al ver mi panza encenderse de repente y apagarse también de repente, me escondí bajo la cobija y veía como el color verde aparecía brillante para luego oscurecerse, fue cuando me di cuenta que volaban como unas catorce luciérnagas dentro de mí; todas brillaban al mismo tiempo, como si se pusieran de acuerdo. Me dormí abrazando mis costillas para no dejarlas escapar. Esa noche descubrí por vez primera un mar diferente entre mis piernas, todo el día mi aorta trabajó trescientas horas extras. Descubrir luciérnagas fue la mejor experiencia en mi  adolescencia (en el fondo de la casa, hay un terreno donde una tarde me acosté y me quedé dormido, luego me despertó el grito de mis primos que estaban cazando insectos verdes para pegarse su brillo en la ropa, pues ya era de noche). Los grillos llegaron después. Supe que eran grillos por el ruido que hacían. Apagaba el radio, me quedaba quieto y entonces los escuchaba. Tres veces, por motivos diferentes, en segundo y tercero de secundaria. Lo que más me preocupaba era que mis amigos o familia los escucharan, porque no sabría cómo explicarlo. Por eso hablaba fuerte o me reía mucho, para que no se dieran cuenta del sonido que no podía callar en ninguna hora del día.

En el bachillerato, fueron las lechuzas, con su shhhh, shhhh. La primera vez pensé que alguien me hablaba, hasta me asusté, pues como saben, mi horario escolar era en la tarde. Entrábamos a las doce o una y salíamos como a las ocho después de practicar millones de trazos (las interminables líneas gruesas y delgadas en clase de dibujo técnico). En aquellos días no había mucha iluminación en las calles y había noches que caminábamos hasta el periférico para tomar un taxi, porque el autobús dejaba de pasar por Santa Lucía del Camino. Estuve a punto de contarles a mis padres, seguramente estaba muy enfermo, no era normal que escuchara el shhhh, shhhh de las lechuzas. Gracias a Dios llegaron las vacaciones y un día se fueron volando dejando una pluma cerca de mi almohada (esa pluma la guardé como tres años, pero pensando que era basura, mi madre la tiró un día que hizo el aseo de mi cuarto).

A partir de que salí del bachillerato he sentido el más melódico, hermoso y fascinante grupo de vertebrados: Las aves. Flamencos, cardenales, aves del paraíso, halcones, tucanes, cucharetas, loros, garzas, avestruces, bueno, hasta pitpit (Aunque tampoco voy a negar que también en un descuido me tocó escuchar una que otra avispa y sentir uno que otro murciélago).

Como pueden constatar, siempre fui enamoradizo. Por ejemplo hoy, ya llevo dos enamoramientos y apenas empezó el día, pero ya dije: no me vuelvo a enamorar dos veces en la misma cuadra, si no se trata de que estén peleándose en mi panza flamencos y garzas, o halcones con cucharetas, ¿qué necesidad tengo de andar regando plumas por cualquier esquina?…

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