El flaco o el seco

Puedes llamarte de muchas maneras, menos R, así, con una letra, sin nada más. Si llamarse Genaro ha de ser un arrojo, llamarse R ha de ser toda una aventura.

Imagino que empezó dibujando en la tierra sus primeros trazos; luego pasó al lodo, ramas, piedras o cualquier pedazo de madera, porque a todo le encuentra el modo y de un cacho de cartón hace jirafas o elefantes, hombres en cavernas o pez pirarucú, modelos del sistema nervioso o del sistema óseo. Puede ilustrar los cuentos que escribe su hija “la escritora” o diseñar un porta celular para la más grande. Puede disfrutar de los zombis de piedra que hizo la más pequeña o diseñar los muebles y accesorios para adornar su casa (y luego recuperarse con una buena, larga y tendida siesta).

Puede hacer pan de pasta, bolillos, trenzas, regañadas, chilindrinas y todo lo que se les ocurra, eso sí, hay que llevarle todos los ingredientes más unos cinco kilos de ganas. Ya con eso tiene. Sabe hacer las piñatas más sorprendentes (incluyendo una que otra princesa con cara de máxima preocupación) y pintar los cuadros con textos que le pidan. Todo lo que se necesite en casa, en la escuela, trabajo o fiestas, R puede hacerlo con lo que haya cerca o lo que se tenga a la mano. Sin ninguna duda.

Puedes llamarte como quieras, pero, a ver, llámate R, así, sin más, como mi hermano; el único en la casa que tiene dos “nombres” y que por eso se cree mucho. El dibujante, carpintero, panadero, artista, padre, hijo, hermano y quien sabe qué otros oficios con sus catorce necesidades. Ese es el flaco o el seco.