¿Cómo despedirte del amor de tu vida?

Cada quien le llora a sus muertos según lo que se hayan vivido, permitido y descubierto. Hablo de los amores entre otros y uno mismo, de los amores de tu vida, o para los que tienen otro tipo de suerte: del único amor de su vida. ¿Cuántos días se le despide de esta tierra? ¿Cuánto se le llora? Quienes creen en la eternidad, esperan volverse a ver un día, pero en otros cuerpos, en otras formas; ya no en estos ojos, ni en estas bocas, ya no en estas manos ni con estas ganas. Cuando alguien se va, se va para siempre, para el siempre que aquí conocemos; por eso duele, por eso el corazón se quiebra, porque te falta el aire, te falta vida, te faltan fuerzas. Porque uno se queda sin el otro, sin sus ojos, sin sus palabras, sin su pelo, sin sus dedos, sin su risa y sin su espalda. Hay que llorarle, para desahogarse un poco, para hacer a un lado la idea de perderse, de dejarse, de olvidarse, hay que llorarle para medio soltarle, para medio aferrarse, para medio salvarse. ¿Cómo salir de ese pozo sin volver a escucharle? ¿Cómo aceptar la luz sin volver a verle? ¿Cómo subirse a la rama de un árbol sin su ayuda? ¿Cómo beber un vaso de agua sin su compañía? ¿Cómo abrazar sin abrazarle? ¿Cómo sobrevivirle? ¿Cómo despertar en las noches y en los días sin acurrucarse cinco, diez o cien minutos a su lado? Hay que llorarle lo suficiente y otro tanto para tener muy presente cuando hizo aquello o cuando no hizo lo otro, cuando llegó con esto y se fue con aquello, cuando acertó y cuando erró, cuando trató de cantar o cuando te sacó a bailar, cuando pidieron al cielo juntos, cuando fueron escuchados, cuando se abrazaron, cuando se soltaron por un rato, cuando se amaron y cuando se aceptaron. Hay que llorarle mucho para recordarle mucho; hay que vaciarse en llanto para no olvidar su ombligo, sus hombros, sus piernas, sus huellas o sus lunares.